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Despedida entre dudas
Epílogo de ESAJEDREZ para el caso Leyva

Por Rafael Francisco Góchez, 09-08-05.

El origen de las cosas no necesariamente condiciona su posterior desarrollo. No siempre lo que empieza mal termina mal... ¡y qué bien que así sea! De otro modo, ¿qué esperanza de redención tendríamos en el universo?

Nacionalizar atletas para que nos representen en competencias de alto nivel y regalen medallas para prestigiar nuestra nacionalidad: “¿Ser o no ser?: ¡he ahí el dilema!” Unos a favor y otros en contra, lo cierto es que el ya difunto dirigente históricamente más importante del ajedrez salvadoreño (para bien y para mal), nos dejó en herencia dos maestros ajedrecistas de fuerte nivel, de origen foráneo pero ya nacionalizados, para encabezar los tableros y recuperar la hegemonía centroamericana perdida a nivel de mayores. Uno de ellos, el Maestro Internacional Héctor Leyva, también continuó contratado como entrenador de todas las selecciones nacionales.

No es argumentar sobre las nacionalizaciones el objetivo principal de este epílogo, básteme decir que no estoy a favor de ellas cuando su origen es una maniobra discutible cuyo solo objeto es cubrir los huecos de una fallida gestión de desarrollo deportivo. Sin embargo, debo apuntar que, frente a quienes siempre los criticaron y nunca los aceptaron por su origen, argumenté “a lo hecho, pecho” y pensé que su presencia aquí había que tomarla como un recurso que no tendría sentido desaprovechar.

Pese a lo anterior, hace ya cinco años, luego de la Olimpiada de Ajedrez en Estambul, Turquía, publiqué en mi análisis lo siguiente, refiriéndome al doble papel de jugador-entrenador del M.I. Leyva: “es posible que su responsabilidad como entrenador y capitán de ambas selecciones afecten ligeramente su desarrollo como jugador; sin embargo, también es cierto que en esta segunda faceta es donde está su mayor aporte al país.”

En efecto, el respeto que Héctor Leyva se ganó en el ámbito local, a mi modo de ver, siempre tuvo su origen en su capacidad como entrenador, en la formación de jóvenes ajedrecistas que han impuesto digna, sana y limpiamente su hegemonía a nivel centroamericano. Me consta esa labor porque a la mayoría de estos jóvenes los he visto crecer en la cantera ESJ y, una vez pasados los primeros filtros y cubiertas las etapas iniciales, los pusimos en sus manos para lanzarlos al pleno desarrollo deportivo.

Encuentro ahí entonces la razón principal de mi censura a la renuncia interpuesta por el M.I. Leyva: el abandono de esos chicos y chicas a las puertas de dos competiciones importantes.

Otro tema es el clima de polarización que, desde antes de las elecciones de Junta Directiva, viene azotando a la Federación Salvadoreña de Ajedrez, y que no se solucionó con la ajustada victoria de la planilla encabezada por el Cap. Cardoza. Sabido es que Leyva apoyaba la otra opción y, pese a las supuestas intenciones de unos y otros de trabajar unidos, una vez dado el resultado, las rencillas y desconfianzas mutuas fueron aumentando hasta niveles peligrosos. El problema ya entonces se planteaba a nivel personal, pues no sólo los críticos y detractores de la actual dirigencia identificaron en el M.I. Carlos Burgos al principal gestor de propuestas encaminadas a apartar a Leyva del escenario ajedrecístico, basado en el lema “sólo salvadoreños por nacimiento”.

Hace algunas semanas, la Junta Directiva analizó y concluyó que la función de Leyva como jugador es incompatible con su papel de entrenador, cuando en un mismo torneo participa él y sus discípulos. El razonamiento me parece válido, ya lo dije en artículos anteriores; quizá plantearlo en medio del fuego cruzado fue un tanto arriesgado, pero tarde o temprano había que hacerlo. Sin embargo, lo que no hallo ni claro ni transparente es la extrema reacción emotiva de Leyva cuando le pidieron el pleno cumplimiento de su contrato, es decir, que no jugara mientras entrenaba; sobre todo porque, por entrenar, él percibía un salario más que respetable y la FSA tenía obligación de cumplirlo al menos hasta fin de año. De más está repetir que él también desatendió los ruegos de posponer su renuncia hasta después de las competencias juveniles centroamericanas individuales y por equipos.

Si la decisión de irse surgió como reacción a la tesis federativa, considero que cinco meses son suficientes para buscar nuevos horizontes y marcharse con dignidad y, sobre todo, responsabilidad, una vez terminado el contrato. Sin embargo, la impresión generalizada es que hubo excesiva prisa por dar el portazo, como si alguien (desde más cerca o más lejos) estuviera presionando por un “ahora o nunca”.

Lamentablemente, la realidad ha dado motivos para una profunda decepción, pues ya está confirmado que Leyva asume idénticas funciones en Guatemala. Por eso digo ahora en público lo que antes le dije en privado: “Héctor, ¿quién aquí te va a creer que ese tamal no estaba ya amarrado o, por lo menos, bastante bien cocido desde antes del pleito?”

Dice Leyva en su carta que la historia lo absolverá. No lo sé, habrá que esperar muchos años para que pase el sinsabor y puedan valorarse las cosas fuera de las terribles emociones. Por aquí, hay al menos dos grupos: sus contrarios de antes, que se alegran y dicen “ya ven cómo teníamos razón, cómo es él en realidad”; y quienes ven los hechos de forma totalmente distinta y dicen “lo echaron y tenía que buscar el sustento de su familia en otra parte”.

Yo, de momento, prefiero recordar que son los hechos, antes que las palabras, los que definen nuestra identidad. Admito, sin embargo, que da mucha tristeza la creciente sensación de no haber visto en este tablero humano, tácticamente difícil, a la mejor versión estratégica de Héctor Leyva.

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