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Diez párrafos para un entrenador responsable

Por Rafael Francisco Góchez, 21-07-05.


Gustavo Zelaya, a la derecha.

A principios de Agosto, tendremos de visita en el país a Gustavo Zelaya, jugador y entrenador nacional que, desde principios de 2005, trabaja en Guatemala con los juveniles de aquel país. Esto será con motivo del III Festival Centroamericano de Categorías Menores.

Gustavo es un personaje de carácter peculiar pero simpático. Aunque su sinceridad como virtud le ha metido en más de algún conflicto, quizá recordando aquello de “por la verdad murió Cristo”, guardamos la imagen de él como persona con quien se puede tratar civilizada y hasta cordialmente, una vez descifradas sus claves.

Gustavo ha vivido alternativamente en Guatemala y El Salvador. Lo conocimos aquí como jugador a mediados de la década de los ochentas. Tiene en su haber una medalla de oro como primer tablero en las Olimpiadas de Manila, Filipinas, 1992, como parte del célebre “two team” que nos representó en aquel evento, una historia tan interesante como insólita.

Como entrenador y hombre reformado, Gustavo trabajó en la Federación Salvadoreña de Ajedrez del Ing. Alberto Cabrero durante los años 2003 y 2004, tiempo en el cual pudimos notar su ferviente pasión por la enseñanza de los secretos de la “época romántica” del juego-ciencia, con especialidad en aperturas llenas de gambitos y sacrificios espectaculares, contra quienes sólo la templanza del carácter y el profundo conocimiento de las variantes pueden hacer algo.

Durante el tiempo que estuvo en la FSA, vimos a un hombre entregado de lleno a su trabajo, manejándose si bien con energía pero nunca con irrespeto hacia sus jóvenes aprendices, cumpliendo hasta más allá de la jornada laboral si era necesario, llegando quizá hasta el límite de la obsesión por hacer bien las cosas.

En 2005, las opciones que da la vida le han colocado en “chapinlandia”, donde seguramente hará mucho bien a los “patojos” infantojuveniles vecinos. Pero, aun cuando le veremos al frente de la camiseta rival, no ha decrecido nuestro respeto hacia Gustavo Zelaya en lo personal y en lo profesional.

Esto se debe a que Gustavo se marchó callada y profesionalmente, una vez que finalizó su contrato con la Federación Salvadoreña de Ajedrez, dejando tras de sí el buen recuerdo de un hombre que supo cumplir sus compromisos y tuvo el buen criterio de esperar el momento oportuno para cambiar de horizontes.

Gustavo salió por la puerta principal, no por la de atrás. Cerró suavemente pero no destruyó la llave de la casa, porque ambas partes quedaron en paz. No se fue a la carrera, como si huyera de alguna culpa. No hubo aspavientos, tampoco dramas ni papeles de víctima.

Tuvo el tacto y la inteligencia necesaria para partir con la mayor discreción posible, sin que hubiera cartas bajo la manga, cuidando lo más importante de todo: que ninguno de sus pequeños alumnos o alumnas pueda jamás decir que Gustavo los abandonó a las puertas de una competición importante.

Por eso, cuando estos chicos y chicas que fueron sus pupilos lo vean trabajando con sus homólogos y ahora rivales, allá en el fondo de su ser quizá sentirán como si todos fueran parte de una pequeña pero fundamental tradición pedagógica en sus vidas: la de su “profe” Gustavo.

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